Los mocos: esos compañeros inseparables de nuestros hijos

Las escuelas infantiles y los coles llevan ya unos meses desde que empezó el curso y no hago más que escuchar a los padres en la consulta que sus hijos llevan tantos meses malos. Este año, de hecho, no solo lo oigo sino que lo vivo en mis propias carnes porque mi hijo ha empezado por primera vez la guardería. Digo yo, ¿será que en junio se quedan los virus agazapados en las sillas y las mesas esperando a que llegue septiembre para volver a pegarse a sus amigos los niños?, porque oye, que todos empiezan sanitos y en 2-3 días, máximo una semana, todos malos. Antes decía como una retahíla aprendida cuando venía el padre con su hijo desesperado porque llevaba malo desde que empezó el curso: “es lo que hay” o “pues esto así, hasta junio”, pero claro, ahora entiendo lo duro que es que esté malo cada 2×3, que no duerma 5 de cada 7 días de la semana porque tiene fiebre, mocos o ataques de tos, o que vomite frecuentemente por la cantidad de mocos que tiene. Y ciertamente, ahora pienso, tal como dijo una abuela el otro día en la consulta, que cómo puede ser que si somos capaces de viajar a la luna no seamos capaces de curar un catarro.

Un niño en condiciones normales pasará unos 5-6 procesos catarrales a lo largo del año, con un pico de hasta el doble (o más) en los primeros años de escolarización, que si contamos que sea de septiembre a junio, casi nos sale uno cada 15 días. Son infecciones banales que se autorresuelven en unos días, tanto los mocos como la fiebre, y que aunque pueda persistir la tos posterior hasta 3-4 semanas, no deja secuelas.
Pero esto es así, a los beneficios de la socialización y de la estimulación temprana que supone el comienzo de la escuela infantil hay que restarle las múltiples infecciones que va a pasar el niño, fundamentalmente en el primer año de contacto. Si no se hace en la escuela infantil, se hará en el primer año de cole, todo hay que decirlo. Por todo esto, por si alguien se lo pregunta, los pediatras solemos recomendar evitar el comienzo de la escuela infantil todo lo posible, o como mínimo hasta los 2 años que es cuando se considera que el sistema inmune del niño está maduro. Ahora, que si no me queda más remedio, pues es lo que toca, y hay determinadas cosas que tendremos que tener en cuenta a la hora de alarmarnos ante un cuadro catarral.

SIGNOS DE ALARMA. Cuando consultar con el pediatra o en el servicio de urgencias:

  • Si el niño es menor de 3 meses y tiene fiebre. En general a todos los menores de 3 meses (y mucho más en los menores de 1 mes) tendremos que observarles con más cuidado tanto si tienen mocos, tos y sobre todo, fiebre, porque son más vulnerables a las infecciones graves.
  • Si la fiebre dura más de 3 días. Un proceso vírico habitual suele dar fiebre durante 3-4 días, si dura más puede manifestar una complicación de un catarro banal, como puede ser una neumonía.
  • Si le cuesta respirar. Si en cualquier momento del proceso respiratorio el niño tiene polipnea, es decir, respira más deprisa de lo habitual (estando sin fiebre, porque siempre con la fiebre se respira más deprisa) o tiene tiraje, que es cuando se marcan las costillas al respirar, hay que acudir al pediatra.
  • Si está excesivamente decaído o irritable. Cuando nos sube la fiebre es normal que nos encontremos mal, pero un niño con un proceso vírico común cuando le baja la fiebre tiene ganas de jugar, cantar y reir aunque a las 2 horas le vaya a volver a subir. Si esto no es así, está muy postrado y no se quiere ni mover o llora todo el tiempo como si le doliera algo, es signo de que algo no va bien.
  • Si no quiere comer. Todos los niños comen menos cuando están malos, más aún los lactantes, y solemos decir que hasta la mitad de lo habitual es normal, pero si pasa comidas sin abrir la boca y no conseguimos que coma o beba nada, tendrá que verle un pediatra.
  • Si se queja de dolor de oído. Se administrará ibuprofeno y si persiste el dolor o tiene fiebre conviene consultar con el pediatra para descartar una otitis.

Para más información, visita este excelente enlace:

familia y salud – decálogo de la tos

A pesar de todo esto y una vez que estemos vigilantes ante los síntomas de alarma, tendremos que tener en cuenta grandes verdades y falsos mitos:

  • Los mocos y la tos nos van a acompañar desde septiembre hasta junio durante el primer año de guardería/cole, y en muchos casos el segundo y el tercero también.
  • El color de los mocos no cambia el tipo de infección, ya sean transparentes, amarillos, verdes o fosforitos no indican que la infección sea peor y necesite antibiótico.
  • No existe una confabulación de los pediatras para decir que siempre es un virus y no poner antibióticos, tantos años de carrera no sólo sirven para recomendar lavados nasales, humidificadores y agua, sino para aprender a diferenciar lo que es importante de lo que no lo es. Por eso cuando decimos que es un virus, no es que no tenga nada, es que no tiene nada grave y que todos los signos de alarma los hemos descartado.
  • No hay ningún jarabe, ya sea mucolítico o expectorante, NINGUNO, que mejore de forma concluyente la evolución de un resfriado, por eso hay tantos diferentes en el mercado. Lo único que ha demostrado una leve eficacia es beber mucho líquido y la miel para la tos.
  • Si la fiebre no baja a 36.5 no pasa nada, no es que el niño tenga un virus peor o que necesite antibiótico, lo normal es que baje 1-1.5 grados con el antitérmico. La cantidad de fiebre no gradúa la mayor o menor importancia de la infección, simplemente es una respuesta de nuestro organismo frente a la infección. Lo más importante es el estado general del niño.
  • Los catarros no se contraen por “coger frío” en el patio o “salir a la calle sin abrigar”, se contagian de persona a persona por gotitas de aire o contacto con manos, juguetes, saliva…

Myriam Herrero Álvarez,
Pediatra y madre